De los primeros ritos florales, al olor del cempasúchil mejicano

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28 NOV 2022

A pesar del renovado interés por la Naturaleza (muy necesario y urgente este cambio de conciencia, por cierto), el interés por las flores como elemento estético o “no productivo” no es para nada algo novedoso.
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Como seres de un mismo ecosistema, el vínculo establecido entre las flores y los seres humanos se enraiza hasta la actualidad, en nuestra tradición y nuestros eventos culturales.

Ya en los diferentes sutras (discursos de Buda), aparecía más de uno referido al loto, y en los templos budistas, está presente en diferentes motivos y colores, los cuales también contienen un simbolismo aparte. El loto azul simboliza la Iluminación y siempre suele ser representado sin su centro. El rojo hace especial alusión al amor, el blanco a la pureza y el rosa, color en común con las famosas rosas del Nilo que alababan los egipcios, representa al propio Buda.

Si nos trasladamos al continente americano es casi obligatorio hacer un repaso de la flor por excelencia del llamado Día de Muertos en Méjico: cempasúchil o tagete. 

Su nombre proviene del náhuatl “Cempohualxochitl” que significa “veinte flores” o “varias flores”. Símbolo de vida y muerte, los antepasados asociaban el color amarillo de la flor de cempasúchil con el Sol, por lo que la utilizaban en las ofrendas dedicadas en honor a sus muertos. La tradición marca hacer senderos con las flores de cempasúchil, desde el camino principal hasta el altar de la casa con la finalidad de guiar a las almas hacia los altares.  

“Cada año olemos todos a cempasúchil”, dice el biólogo mexicano Jerónimo Reyes, quien explica que esta flor contiene aceites esenciales que la hacen muy aromática, entre otras características especiales. Actualmente la flor de cempasúchil es utilizada para teñir textiles, elaborar insecticidas y hasta como medicamento, aunque tradicionalmente se aplicaba para aminorar los malestares del vómito, la indigestión y diarrea.

 Los ejemplos serían innumerables: la flor de lis en Francia, el crisantemo en Japón, las ofrendas florales en nuestro propio país… Como seres de un mismo ecosistema, el vínculo establecido entre las flores y los seres humanos se enraiza hasta la actualidad, en nuestra tradición y nuestros eventos culturales. Nos une y recuerda nuestros orígenes, la belleza que la naturaleza nos brinda y nos marca con esos rituales, los tiempos del ciclo de la vida.

Tenemos que retroceder 23000 años si queremos descubrir los hallazgos más antiguos, en el yacimiento Ohalo II, a orillas del mar de Galilea. Allí hubo un asentamiento de cazadores-recolectores que recogieron un gran número de flores de Senecio glaucus (esta especie la podéis encontrar en Almería, Murcia o Islas Canarias), del que no se conocen virtudes medicinales, culinarias o prácticas. Los expertos concluyeron por este motivo, que fueron recolectadas para algún rito o acontecimiento especial. 

Quizás no pensamos generalmente que el ser humano haya tomado esas decisiones en la historia de su evolución, guiadas por lo emocional, por el “gusto” o por lo ritual, cuando en realidad tienen un peso muy importante en la tradición y prácticas de nuestra especie desde los inicios. Si bien es cierto que las zonas con flores eran indicadores de futuras frutas, y por tanto, potencial alimento e incluso miel para los recolectores, no debemos subestimar el poder y presencia simbólica del mundo floral en nuestras raíces culturales. 

Como especie, hemos integrado las flores desde hace 14000 años en ritos funerarios. Lo prueba un cementerio de la cultura natufiense, en Israel, en el que se encontraron flores silvestres acompañando a una tumba. Sin entrar en la etnografía de las plantas y su valor curativo, el vínculo a través de la tradición es muy fuerte y por supuesto, todavía pervive actualmente.

Desde Oriente, la flor de loto, loto indio o rosa del Nilo, es una de las protagonistas inmersa en la cultura desde hace miles de años. De hojas flotantes y olorosas, la planta acuática Nelumbo nucifera es venerada en la India, China, Japón y Egipto.

La flor de loto tiene la capacidad de sobrevivir en entornos difíciles, como las zonas pantanosas, para irrumpir con su bella inflorescencia sobre la superficie del agua. Por este motivo, simboliza la creación, la fertilidad y sobre todo la pureza, pues crece sin ensuciarse en los lodos que la envuelven.

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